Autor: Francisco Angulo
Editorial: MANDALA
Extracto de la obra:
Ojos castaños pasaba largas horas observándome: no sé lo que vio en mi, pero le encantaba sentarse en la hierba enfrente y mirarme detenidamente; lo cierto es que me encantaba contemplarla. Era de altura pequeña, no llegaba al metro y medio, físicamente delgada, tenía una piel morena que solía llevar cubierta por pieles de animales para protegerse del frío; también portaba diferentes adornos en el pelo dependiendo de la época del año: en primavera solía trenzarse algunas flores y en invierno algunas cintas tintadas de colores: además solía ponerse algún adorno colgado del cuello a modo de collar, normalmente alguna tira fina de cuero y, como joya, alguna concha o figurilla de barro que ella misma modelaba con sus manos. Pertenecía a una tribu que se había establecido cerca de mi posición, en unas cuevas poco profundas que utilizaban como hogar. Ojos castaños tenía una mirada intensa y observaba todo con curiosidad, intentando comprender el mundo que la rodeaba, como si todo formase parte de un mundo mágico; Percibía el movimiento en la copa de los árboles provocado por el viento, sostenía en su mano insectos con cuidado de no dañarlos, y después de observarlos intentando comprender que eran, los devolvía de nuevo a la tierra. También le encantaba contemplar los pájaros e imitarlos; acostumbraba divertirse corriendo en círculos a mí alrededor, estirando los brazos y moviéndolos arriba y abajo como si fuese un ave.
En primavera crecía una hierba alta en la pequeña pradera que se encontraba a la izquierda, una pradera de hierba verde y alta, plagada de dientes de león.
A Ojos castaños le encantaba saltar sobre el verde y con sus saltos se llenaba todo de simiente de los dientes de león, que eran arrastrados por la suave brisa de primavera. Aquella bella criatura era incansable y podía tirarse horas saltando y jugando a atrapar las semillas que revoloteaban en el viento, cuando ascendían, Ojos castaños dejaba de saltar y se quedaba quieta, de pie, con la cara hacia arriba, los ojos cerrados y esperando en silencio. Entonces, algunas empezaban a descender suavemente y caían sobre su cara acariciándola. Me hubiese gustado sentir aquella sensación, sentir como las suaves semillas caían sobre mí como plumas; en ciertas ocasiones alguna le entraba en la nariz y la hacían estornudar; eso me parecía muy gracioso, porque Ojos castaños se quedaba muy sorprendida, con gesto de preguntarse que era lo que había ocurrido.
Menos los días de lluvia venia a verme siempre; era algo que me hacía ilusión y, cuando el día despertaba soleado, la esperaba hasta que la veía aparecer subiendo la pendiente que llegaba hasta mi posición; por lo general, subía tarareando alguna melodía y saltando al caminar.
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