Hoy es normal pensar que una danza ritual de negros puede ser tan bella como una rubia mirando el romper de las olas contra un acantilado. Pero descubrir ese misterio cosmopolita en plena Alemania nazi de los años treinta era algo que salía muy caro. Emil Nolde fue el artista que se atrevió a hacerlo, y lo pagó. París rinde homenaje al maestro expresionista alemán que el III Reich intentó condenar al olvido.
Todo es salvaje. Al recorrer la inmensa retrospectiva de Nolde y sus 90 cuadros, acuarelas y aguafuertes dispuestos en el Grand Palais de París, el trazo furioso y la paleta de colores infinita lo dice claramente. Tan salvaje es una noche de borrachera en un cabaret de Berlín, como las máscaras de los papúes.
Nolde era un hombre abrupto, poco hablador, porque venía del campo, de una fría región rural alemana fronteriza con Dinamarca. Cuando, ya célebre, le pidieron que escribiera sobre su arte, se limitó a decir que "la pintura sólo expresa" lo que se lleva en el alma. En su vida, sólo había escrito un teorema sobre su pintura, el que dejó marcado a cuchillo en un establo de la granja familiar cuando tenía 16 años: "La ganadería es un trabajo aburrido que nunca amaré".
Ese gesto de rebelión le valió salir propulsado desde el fondo de los bosques del Schleswig-Holstein hasta el corazón del Berlín efervescente de principios del siglo XX. Armado con unos cursos de ebanista y de pintura, aprendió rápido la lección del lejano Van Gogh y dio ferocidad al trazo. Así dio el brazo a torcer a los círculos artísticos más selectos y dependientes del poder. Se ganó sus favores y dejó rendidos a sus pies a los más clasicistas artistas alemanes
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