Camino hacia Arequipa.
La ciudad cae sin disparar un tiro
Como hemos dicho, las tropas peruanas se concentraron en Huasacache y Puquina intentando impedir el avance de los chilenos hacia Arequipa, donde quedaba el último bastión de resistencia de Montero y sus leales, a pesar de que Huamachuco había sellado para siempre el destino del Perú ante la victoria chilena.
Aún así, las fuerzas que le bloqueaban el paso no eran inferiores a los 4 mil hombres.
Al llegar a Moromoro, el Coronel Velásquez ordenó la salida de un grupo del 5º de Línea, Santiago, hacia Huascache al mando del Coronel Vicente Ruíz, encargándole estudiar las posiciones del enemigo y las posibilidades de ataque. Ruíz partió acompañado de hombres del Escuadrón Las Heras y llegó a las posiciones la mañana del 22 de octubre de 1883, siendo observado por el enemigo peruano cerca de las 8:30, desde la cuesta sobre la cual habíanse atrincherado.
Tal vez temiendo que la pequeña columna sólo fuese la punta de lanza de otras mayores, los peruanos entraron en pánico y comenzaron a disparar desesperadamente sus cañones a pesar de la lejanía.
Los chilenos permanecieron cerca de una hora y media detenidos, mirándolos desde una distancia segura, tras lo cual lanzaron un cañonazo de cálculo, y se marcharon.
Montero, ávido de recibir buenas noticias, escuchó de sus hombres simplemente lo que quería oír, pues estaban concientes del temible carácter explosivo del caudillo en esos días de tanta adversidad.
Dio inmediato crédito a la buena nueva de que, supuestamente, los chilenos habían huido (versión errónea que algunos historiadores peruanos aún insisten, a pesar de que los hechos que siguieron la desmienten), y decidió -con precipitación- despachar a su Coronel Varela desde Puquina hasta Huascache para reforzar allí las fuerzas, mientras que otro grupo partiría desde Arequipa a relevar a los hombres de Puquina.
Su idea era cerrarles el paso en Huascache, donde la concentración de sus fuerzas podría aplastar a los chilenos, según sus cálculos.
Sin embargo, el Coronel Velásquez ya había decidido que movería con rapidez su columna hacia Huascache, para atacarlos antes de que pudiesen llegar refuerzos, por lo que habían salido en la noche de ese mismo día 22, con acelerado paso.
Habían dejado encendidos los fuegos en el campamento para simular que permanecían en él ante cualquier presencia de agentes informantes peruanos.
Con precauciones extremas para no ser descubiertos, comenzaron a subir osadamente la cuesta de Huascache por el flanco izquierdo, con el Coronel Ruíz a la cabeza, seguido de su 1ª División, del 4º de Línea y de otras dos compañías del Ángeles.
Sólo al asomar la tenue claridad del día 23 los chilenos fueron descubiertos, pero tan encima de la cumbre que los peruanos no alcanzaron a hacer más que un par de descargas y huir, incapaces de aceptar lo que acababa de ocurrir.
Así, a las seis de la mañana, la bandera chilena era clavada sobre la cima de la cuesta, en medio de las fortificaciones ligeras que el enemigo había abandonado.
Ese mismo día 22, y sólo dos horas más tarde de la toma de Huascache, en Lima se arriaba la bandera chilena del Palacio de los Virreyes de Lima y, al son del himno nacional, Lynch y sus hombres se retiraban en solemne ceremonia, para que luego regresara a la ciudad Iglesias, acompañado de dos batallones peruanos.
Arribó cerca de las 15:30 horas, ocupando la casa presidencial en medio de aplausos.
El Callao también era devuelto en medio de estrepitosa ceremonia, en la que el "Cochrane" honró la bandera del Perú, izada por todo el puerto, con 21 cañonazos.
Dos días después, llegaba a Arequipa la noticia del desastre en la defensa de Huascache.
El terror se apoderó de la ciudad peruana y la población se convulsionó ante el imparable avance chileno. Intentando calmar a su gente, Montero salió a la calle y públicamente prometió detener a los chilenos gritando con euforia:
"¡Me batiré con mis tropas peleando en los suburbios, en las calles y hasta en mi propio cuarto!"
Pero a los rebeldes les llovió sobre mojado.
El día 25 llegó a Puquina la tropa chilena, que avanzó desde Huascache con insólita rapidez, sin detenerse en dos días.
Los cuatro batallones peruanos y sus dos escuadrones de caballería, al ver a la masa de uniformes azul y rojo marchando decididamente hacia sus fortificaciones, comprendieron de inmediato que no había posibilidad y escaparon despavoridos, dejando tiradas sus tiendas, provisiones e inclusos las armas.
Velásquez se anotaba un nuevo punto, sin haber disparado un solo tiro.
La noticia no pudo ser peor para Arequipa.
Atormentando con las falsas promesas de resistir, Montero volvió a dirigirse a la población, alegando que los chilenos eran "16 mil hombres invencibles" y que no había posibilidad alguna de resistencia. Seguidamente, escapó casi con lo puesto hacia Puno, en el Titicaca, encargando al cuerpo diplomático la entrega de la ciudad a los chilenos. La gestión de entrega se realizó en Paucarpata, firmada el 27 de octubre.
Dos días después, Velásquez entraba a Arequipa cumpliendo con la etapa más gloriosa y eficiente de su vida militar
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